—Matarse entre hombres, entre personas es malo. Pero, el enemigo es nuestro enemigo—exclama el ex-combatiente.
—¿No se arrepiente de nada?—No, no.
- La danza del guerrero
«En mí estaba el pensamiento: no tengo mamá ni papá a quien ayudar y servir. Me voy a presentar como voluntario para el conflicto con el Ecuador. Dicho y hecho. Me presenté al ejército. Tenía 19 años y 1.63 m. No tenía ningún documento. Me habían robado mi partida de nacimiento», cuenta Julián Cabrera Valles, ingeniero mecánico de la Marina, quien en 1941 fue cabo EP. El distrito Tabalosos, provincia de Lamas, en la región San Martín sintió orgullo.
¡Sus documentos!, le piden. «Me han robado, pero después yo arreglo eso. Conseguiré esa partida», recuerda. Los militares aceptaron la petición del joven y le ordenaron que vaya a la oficina de reclutamiento donde le indicarían que se mueva a la guarnición de Vargas Guerra en Iquitos, un inmenso cuartel. Llegó nervioso y encontró a un compañero de estudios al cual preguntó cómo le había ido. Este confesó: «Ahora soy sargento enfermero». Las risas inundaron la habitación y Cabrera Valles prosiguió: «me alegra encontrar un conocido en tanta gente que hay».
A los voluntarios se les proporcionaban los uniformes y la enseñanza del manejo de un fusil Mauser original al registrarse. Después, vendrían los fusiles ametralladores ZB-30. ¿Cuánto tiempo duraba la preparación? A lo mucho tres meses para ser enviados en un buquecito a la guarnición de Puerto Arica. Ahí aprenderían más acerca del fusil, las marchas agazapadas —uno por uno— y otras tácticas. «Nosotros estábamos en un campamento, y luego avanzábamos en la selva, al frente enemigo, para observar todas sus actividades o maniobras». Por ello, en pleno bosque tropical junto a sus oficiales del ejército estuvo en búsqueda de la guarnición ecuatoriana. Resultó importante atravesar una enorme trocha que, para sorpresa de todos, al mismo tiempo, los enemigos iban a observarlos.
¿Abrieron fuego? No, solo se contemplaron los rostros. Sin decir una sola palabra, cada uno dio media vuelta. Los peruanos a su sitio y los ecuatorianos igual. No se gastó ni una bala porque venían en plan de espionaje. Las risas llegarían después, saliendo del punto de choque explicaron sobre esa casualidad en plena misión de reconocimiento al Comandante General de Iquitos. Lo único que el radiotelegrafista respondió fue: ¡Esperen órdenes! Todo comandante distribuido en los diferentes ríos de la selva exclamaba que las Guarniciones y puestos avanzados conservaran la "inviolabilidad de las líneas" mantenidas; estrechar la vigilancia a sus respectivas zonas de acción y reajustar sus dispositivos para mantener el enlace con los puntos de control cercanos.
«Nos pusimos a conversar, a limpiar el armamento, a prepararnos psicológicamente para la guerra. Seguíamos esperando órdenes. El mandato llegó al tercer día de espera tras el aviso de limpia tanto de fusiles como de ametralladoras y otros armamentos. Era hora de atacar la guarnición ecuatoriana. Un soldado analfabeto nos guiaba para llegar hacia las líneas enemigas. Uno por uno, salto por salto».
En ese momento, El soldado Cabrera llevaba una cartuchera llena de municiones y un morral que debía contener todo el servicio de comedor, pero llegaría a ser su contenedor de granadas. Así avanzaron hasta que uno de los soldados preguntó a su sargento: «¿por dónde vamos?». «Vamos a cruzar la carretera de los coleguitas», le respondió.
«Así los llamábamos y ellos a nosotros. Nos acostumbramos a decirlo».
*****
A las dos de la tarde salieron a buscar batalla. Ese día comieron bien, en comparación a los otros, pues había llegado un buque con víveres. Prepararon un almuerzo contundente y dieron gracias, quizá a un Dios que los observaba molesto y lloroso por seguir en esa situación. Empezó a llover. Los riachuelos se formaron por las grandes gotas que ayudaron a sostener las gargantas.
Al salir del campamento, cruzaron la carretera enemiga, hombre por hombre, llegaron dos horas después bien comidos y bien bebidos. Acamparon a una altura, prominente, cerca de la guarnición ecuatoriana. Tenían el control, el factor sorpresa y las agallas para estar arriba de "los monos" en su propio terreno. Seguían a la espera de órdenes. Llegaron para dividirlos en tres grupos: el primero iría por la orilla del río, el segundo por la carretera y el último como retaguardia. Cabrera estuvo junto a su oficial en jefe. En ese momento empezó una lluvia terrible. «¿A dónde íbamos a ir? Nuestros uniformes mojados por completo. Teníamos que esperar empapados. Ellos nos esperaban por orilla de río. Los ecuatorianos creían que íbamos a ir en masa para destruirlos», inmortaliza.
A una hora para la medianoche, ellos veían que una luz atravesaba toda la guarnición. Era un oficial enemigo que vigilaba. El sargento se colocó en la base de un tronco. Quería asegurar que su rival dormía. Tropezó con una rama seca. Esta se quebró. El jefe ecuatoriano quiso saber qué provocó tal ruido hasta que enfocó hacia donde no debía. Cayó, instantáneamente, al suelo después de un disparo a su cuello.
“Nosotros no sabíamos quién había disparado primero ¿a quién creer? teníamos que ir divididos. El grupo de 36 hombres no podía atacar en conjunto. Nuestro sargento regresó apresurado a nuestra posición y dijo: tiro por tiro, lento”.
Hubo disparos al aire. Escucharon varios estruendos. Todos los coleguitas no tenían un objetivo fijo. Todo ello ocurría a treinta minutos para la medianoche, en plena lluvia otra vez. Empapados con la orden de disparar a matar. Los tres grupos se acercaban a tomar, satisfactoriamente, el lugar. Los ecuatorianos eran perseguidos uno por uno. Para no perderse en la frondosa vegetación, los peruanos marcaban de manera rápida cada arbusto en su camino. La mano cortaba o doblaba ramas. Así, crearon una ruta de escape para los de atrás. La guerra había comenzado para Cabrera Valles. Relata con pena las consecuencias de esos disparos: «Uno por uno caían, estuvimos completamente rodeados. Dos grupos a los costados y uno en las alturas. Los ecuatorianos comenzaron a gritar: ¡Duele, duele!»
—Matarse entre hombres, entre personas es malo. Pero, el enemigo es nuestro enemigo—exclama el excombatiente de la Guerra del 41.
—¿No se arrepiente de nada? —No, no.
Hay quienes exclamaron a viva voz: «¡Nos rendimos coleguitas! No nos maten. ¡Nos rendimos!» Ese día el Perú tuvo una de tantas victorias en el norte. Se tomó prisioneros a siete muchachos. Los demás huyeron por conocer bien su tierra, otros no corrieron con la misma suerte. Cuerpos inertes yacían ahí.
*****
Después de horas, llegó un bote con motor desde la guarnición de Puerto Arica. Los sorprendió ver a oficiales y capitanes para llevarse a los prisioneros. ¿Ecuador o Iquitos? No sabían con certeza cuál sería su destino final. Ese batallón se quedó por un par de días al resguardo del territorio conquistado, amaneciendo a orillas del río, completamente mojados, sin saber qué o dónde tomar desayuno. El oficial encargado ordenó preguntar a quién sea y buscar donde sea si los ecuatorianos ocultaron suministros cerca. Para alegría de todos sus hombres a disposición encontraron azúcar, café, té y ¿pan? No, plátanos sancochados resultaron ser sus trofeos de guerra.
Al día siguiente, un comandante de su guarnición logró ubicarlos y coordinó el izamiento del pabellón nacional en campo extranjero, ahora peruano. Reclamó la bandera de los derrotados y se marchó por donde vino. Al oscurecerse, mientras los soldados agarraban con devoción sus fusiles escuchaban caminar por entre los árboles a supuestas personas. Ellos susurraron: ¡Ahí vienen los monos! En efecto, eran ellos. Pero, no los que tenían en mente. La tropa peruana se calmó al saber que eran animales nocturnos. Siempre listos, siempre preparados.
Mientras bebían y comían su dulce que era el té y plátano sancochado, — un rancho improvisado para la mañana—, esperaron largas horas por órdenes. «¿Hasta cuándo vamos a estar ahí?», retumbaba la pregunta en mente guerrera. Quería perseguir al enemigo. ¿Y cómo uno lo hace en tales circunstancias? Por río arriba, navegando con palos porque solo había un motorcito a disposición de un cabo motorista que a su vez lo necesitaban otros oficiales para llegar a campamentos en altura. Dejaron esa posición para avanzar por la selva frondosa. «No es fácil, no es fácil la guerra. No tuve mucho miedo, felizmente, porque estábamos acostumbrados. Habíamos pasado por muchos problemas y eso nos preparaba. Uno que es nuevo, muchacho, debe aprender las ordenanzas que entregan para desempeñarlo en el momento preciso. Increíble, pero cierto».
Luego de ello, surcaron el río Curaray. Un largo río de aguas blancas que discurre por la zona oriental del Ecuador, por la provincia de Pastaza, y es parte de la cuenca del río Amazonas, teniendo una longitud de 800 km, de los que unos 414 km pertenecen al Perú en dirección sureste el cual fluye por los amplios llanos de la región Loreto. Así, en la frontera recibe por la izquierda su principal afluente, el río Cononaco, en la localidad homónima de Cononaco como también al río Nushiño, en la localidad de Puerto Arica, y, más abajo, al río Villano, por la derecha. Desemboca en el río Napo en la ciudad peruana de Curaray.
En tres o cuatro días construyeron, de manera rápida y precisa, un nuevo campamento con la tala de árboles o palmeras cercanas. Gracias al uso de machetes grandes, fuerza bruta al traer los troncos e inteligencia para organizar los deberes se creó una pequeña fortaleza. Sangre, sudor y lágrimas de 36 hombres con turnos distintos, pues algunos eran la guardia de protección a orillas del río.
—Se sabía que en cualquiera de los lados tenían que llegar los ecuatorianos—cuenta el soldado Cabrera Valles.
Y así fue, un sargento del bando opuesto junto a dos subalternos cruzó el río, poco a poco, se acercaron al campamento peruano, pues aldeanos cerca del establecimiento les dijeron que ya no estaban y para cerciorarse decidieron ir. En parte era cierto, un grupo de compatriotas se habían trasladado a la primera guarnición. Los enemigos venían a remo. Por el aviso del astuto centinela fueron apresados, tras una pequeña defensa por su parte, así fueron traídos por tierra al campamento, y después, entregados a la guarnición de Puerto Arica.
(*)Las entrevistas a los vencedores de la campaña militar en el Ecuador de 1941 se realizaron entre Septiembre y Noviembre del 2013.