Javier es flaco, sonrisa amplia, mirada atenta, anteojos de montura gruesa y cabellos alborotados. Él quisiera pasar desapercibido pero los 16 jóvenes del Taller de Crónicas del séptimo ciclo de Periodismo de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) lo impiden. Lo observan de pies a cabeza. Ha recorrido 3139 km en avión, de Buenos Aires a la capital del Perú, y está listo para responder sus preguntas en la tarde limeña, fría y húmeda, del 17 de junio de 2019. Manuel Eráusquin, el profesor, advierte a los estudiantes que es una magnífica oportunidad para resolver dudas antes de entregar su trabajo final y conocer lo que todo periodista experimenta a la hora de elegir un tema, abordarlo y concretarlo.  

“La crónica es tan grosa”, dice Javier. Este último término se utiliza en el sur del continente para referirse a algo grande, a respetar, de alto rango. El argentino fue invitado cuatro días por la UPC para que comparta sobre el futuro del oficio y sus pericias con otros exponentes del género como Jeremías Gamboa y Joseph Zárate en la Semana de Periodismo Literario, iniciativa de su Facultad de Comunicaciones.

“Nos motiva tanto a hablar de ella, a que haya tantas actividades, a tomar clases y a leerla porque demanda el dominio de muchas técnicas. Un texto de crónica te emociona, te hace pensar, te hace saber más del mundo en el que vivís. Cuenta cuentos, pero muestra ideas”, asevera. No obstante, algunos colegas señalan que está sobrevalorada, solo es un género del periodismo. No es el periodismo, pero sí, el género más complejo. Es la intersección de la profundidad en la investigación y la estética de la escritura. Javier observa, luego existe. Observa, luego piensa.

El primer dardo de los 16 alumnos trata de los problemas que aparecen cuando se usa “el yo” en la crónica. Hay quienes recomiendan evitarlo, aunque se lean ejemplos en el que el cronista es el personaje. Javier empezó huyendo del “yo”. Lo odiaba porque la atención se dirigía a un lugar donde no quería que estuviera. Ahora, con 38 años, se siente afianzado en ese estilo. Camino al Este (2019) lo coloca en primer plano. Viajó a Japón, atravesando todo el continente euroasiático —y haciendo reportajes en el camino— en búsqueda de Higashi, su novia, quien cambió Buenos Aires por Kioto para aprender más sobre el Chadó, la ceremonia del té. 

Higashi, argentina de familia japonesa, decidió mudarse en el 2017. Tuvo la opción de visitarla dos veces a lo largo de ese año porque le darían a ella dos periodos de vacaciones. Javier debía quedarse para enviar notas como corresponsal del diario mexicano El Universal hasta que le dijeron basta. “Camino al Este es un libro que nació del azar pero que después creció con mucho método”, reflexiona. Había tomado ese trabajo porque, simplemente, estaba cansado de la revista Rolling Stone. Cansado de la rutina de oficina para solo cumplir un horario. Este punto de quiebre lo envalentonó a visitarla e ir por la ruta más larga. Además, los mexicanos le pagaron muy bien. En vez de dirigirse a la Tierra del Sol Naciente por encima del océano Pacífico, empezó al revés. Cruzó el Atlántico hasta llegar a España.

Camino al Este no es un libro sobre reportajes. Si lo hizo fue para llegar a la meta, al este, a Higashi. No podría haber sido de otra manera, cuenta, porque “yo, Javier, soy parte de esta historia y de las otras historias”. Es importante narrar por qué un argentino está —de repente— en la frontera con Kazajistán. Cuando uno es parte obligatoria de la historia, hacerla en primera persona es una necesidad, o un compromiso.

Para que el libro tuviera unidad, necesitó no solo hablar de semejante viaje para ver a Higashi, sino que los reportajes de cada capítulo estuvieran relacionados con el amor. “No el amor entendido como algo cursi, sino el amor como universo: el planeta del amor, el planeta del desamor, el planeta del sexo, el planeta de la soledad y el planeta de la compañía. Cada historia que pudiera entrar en cada uno de esos planetas serviría”. Así, buscó relatos originales y muy locales. Algunos, los encontró antes de viajar. Otros, prácticamente, los produjo al llegar. “Es importante ir sin ningún prejuicio y tratar de entender por qué la gente hace lo que hace”, dice.

Recibió un anticipo por la publicación del libro. Eso financió parte de la travesía. Armó el itinerario. “En todas las ciudades del mundo siempre hay un diario en inglés”, cuenta. Por ejemplo, en Siberia está el Siberian Times, en China está el China Daily, en Japón está The Japan Times. “Encontré historias muy diferentes entre sí”. Él recuerda que en Grodno existe un torneo de lucha de automóviles. Fanáticos que conducen hasta chocarse. O en París, que históricamente padece de peste de ratas, una mujer juntó firmas para que el gobierno deje de matarlas. Sin embargo, hubo dos o tres historias que trataban las relaciones de pareja, con el amor o con la soledad.

Y en cada país aprendió palabras básicas del idioma. “Ojalá yo fuera políglota para hablar a la perfección las nueve lenguas de esos nueve países". Así, Javier recurrió a un intérprete para las entrevistas. Estas se tradujeron al inglés y él las convertía al español en Francia, Alemania, Belarús, Rusia, Mongolia, China, Corea y Japón; “seguramente, se perdió mucho en el camino”. Pero, Sinay subraya las palabras de su maestro peruano, uno de los editores que jamás olvidará, su sensei, Julio Villanueva Chang, fundador y director de la revista Etiqueta Negra: “entre lo disponible y lo ideal, hay que trabajar con lo disponible”.

el editor como héroe anónimo

Camino al Este fue editado por Leila Guerriero. “Tuvo seis idas y vueltas”, recuerda. “No es todo lo que yo quería en un principio y no es todo lo que ella quería en su primera revisión. Es un punto medio”. El fin de este cargo es mostrar los errores del autor, lo que le falta, la hojarasca, los pecados de ingenuo, la pérdida de la imparcialidad. Si no se es lo suficientemente exigente con el entrevistado, o con uno mismo. “Las buenas redacciones tienen buenos editores y las malas redacciones suelen tener malos editores”, sostiene.  

JAVIER SINAY HABLA SOBRE LA CRÓNICA EN EL ÚNICO TALLER QUE DIO EN LIMA, PERÚ. 2019.

Para Sinay —y otros escritores—, la manera ideal de aprender a escribir es leyendo. Sugiere a los estudiantes agarrar un artículo que les agrade y al lado de cada párrafo colocar de qué trata hasta formar un esqueleto. “Entenderán la ingeniería detrás de ese texto. No escriban sin ningún mapa. No se improvisa a la hora de escribir”. Irse por las ramas es un problema. Para evitarlo, Javier les entrega “la contraseña”, una llave que “permite saber para dónde vas, a dónde querés volver siempre”. Si una crónica aburre, no funciona. Por eso, la tarea del ritmo es pasar de la primera página. “El ritmo es acción y reflexión, ideas y narración, lo íntimo y lo público. Cuando ustedes varían, cautivan al lector”.

Por otro lado, “escribís de lo que sabés y de lo que te gusta”. Confiesa que agarra notas antiguas, modernas, o de hace poco para darles una vuelta más. Así, escribió “Buenos Aires, ciudad de cosas inadvertidas”, una versión de New York, ciudad de cosas inadvertidas (1960) del estadounidense Gay Talese. Pasaron 50 años. Agarró su nota. Vio cómo empieza. Vio la estructura. Vio qué clases de personajes hablan. Y adaptó todo eso a Buenos Aires. Salió a buscar el mismo tipo de personas que Talese encontró. Gente que trabaja de noche. Gente excéntrica. Él anota cómo se mueven, cómo hablan, cómo es la voz del entrevistado porque son elementos que le dan temperatura al texto, y por supuesto, fibra humana. Al final, aclaró que fue un homenaje al maestro de periodistas.

Javier señala que las “buenas crónicas” respetan a las personas sobre las que se escriben. “Probablemente, las fuentes lean el libro —quizá sean buenas o malas— pero el libro tiene que tratarlas con respeto y con verdad. La verdad es fea, pero es verdad. El lector es una persona inteligente, no un estúpido. Hay un degrade que va del blanco al negro. El mundo es así para mí: gris. Es complejo. Es ambiguo”. 

Al salir del único taller que dio en Lima, también se le pregunta por el Periodismo Gonzo y Hunter S. Thompson, quien decía que para dominarlo se necesita la sabiduría de un maestro periodista, el ojo de un fotógrafo y ser jodido como un actor. Responde que no todos los géneros son para todas las personas. “Hunter S. Thompson era un tipo jactancioso, prepotente, peleador. El Periodismo Gonzo era el género para él, pero no para mí. Bueno, era un genio indiscutido. Pero, Truman Capote no hacía Gonzo y era otro genio, ¿no? Cada uno tiene que encontrar su propia narrativa de acuerdo a su sensibilidad”.

En Los crímenes de Moisés Ville. Una historia de gauchos y judíos (2013), Javier investigó los homicidios que ocurrieron a fines del siglo XIX en una colonia agrícola judía en Argentina donde su bisabuelo vivía. Este señor escribiría ya anciano sus memorias sobre aquellos crímenes cincuenta años después. El bisnieto las descubrió y empezó a jalar el hilo: ¿Por qué se dieron esos crímenes? ¿Por qué escribió esto? ¿Qué hacía mi familia ahí? ¿Por qué yo estoy escribiendo esto? En los dos casos, yo, Javier, soy una pieza clave que motoriza la historia y la hace avanzar. Entonces, no hay tanto narcisismo o no hay tanto exhibicionismo, más bien soy un personaje más. Cuando puedes hacer un tema o escribir sobre una persona donde podés quitarte completamente, lo mejor es que te quites. Si ves que en algún momento de tu trabajo no podés quitarte, entonces recurrís a la primera persona. Pero, la primera persona se vuelve odiosa cuando podés quitarte y no te quitás porque ahí lo que está haciendo es ocupar lugar y distraer.

Javier compara el uso de la primera persona con las artes marciales porque es una combinación de golpes reservada para senseis. Los iniciados no la conocen, o no saben manejar toda la potencia que tiene porque, al fin y al cabo, demanda un buen uso del lenguaje y una madurez personal. Él sugiere utilizar la primera persona una vez que hayan hecho varias crónicas en tercera después de cinco o diez años porque tendrán la habilidad suficiente para saber cómo y cuándo usarla. Puede decirse que más sabe el diablo por viejo que por diablo. “Lo mejor es aprender desde abajo con los golpes más sencillos. Después que los conozcan, perfectamente, pasan a los otros”. Reforzará la idea más tarde, entre risas, camino al Centro Cultural Peruano Japonés. Es lo mismo que en el karate. Hay golpes que son solo para un cinturón negro. Yo que no soy un cinturón negro los puedo hacer y me van a salir mal. Cuando lo sea, voy a entender por qué. Tenés que usarla cuando te salga natural. Lee a los grandes. Lee a gente que te motive, gente con la que sientas que aprendes algo. Total, no es carrera de velocidad, es una maratón.


Fotografías: Manuel Eráusquin